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Poema
escrito por:
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E..... ....
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- El
Ama
-
-
- Yo
aprendí en el hogar en qué se funda
la
dicha más perfecta,
y
para hacerla mía
quise
yo ser como mi padre era
y
busqué una mujer como mi madre
entre
las hijas de mi hidalga tierra.
Y
fui como mi padre, y fue mi esposa
viviente
imagen de la madre muerta.
¡Un
milagro de Dios, que ver me hizo
otra
mujer como la santa aquella!
Compartían
mis únicos amores
la
amante compañera,
la
patria idolatrada,
la
casa solariega,
con
la heredada historia,
con
la heredada hacienda.
¡Qué
buena era la esposa
y
qué feraz mi tierra!
¡Qué
alegre era mi casa
y
qué sana mi hacienda,
y
con qué solidez estaba unida
la
tradición de la honradez a ellas!
Una
sencilla labradora, humilde,
hija
de oscura castellana aldea;
una
mujer trabajadora, honrada,
cristiana,
amable, cariñosa y seria,
trocó
mi casa en adorable idilio
que
no pudo soñar ningún poeta
¡Oh,
cómo se suaviza
el
penoso trajín de las faenas
cuando
hay amor en casa
y
con él mucho pan se amasa en ella
para
los pobres que a su sombra viven,
para
los pobres que por ella bregan!
¡Y
cuánto lo agradecen, sin decirlo,
y
cuánto por la casa se interesan,
y cómo
ellos la cuidan,
y cómo
Dios la aumenta!
Todo
lo pudo la mujer cristiana,
logrólo
todo la mujer discreta.
La
vida en la alquería
giraba
en torno de ella
pacífica
y amable,
monótona
y serena...
¡Y
cómo la alegría y el trabajo
donde
está la virtud se compenetran!
Lavando
en el regato cristalino
cantaban
las mozuelas,
y
cantaba en los valles el vaquero,
y
cantaban los mozos en las tierras,
y
el aguador camino de la fuente,
y
el cabrerillo en la pelada cuesta...
¡Y
yo también cantaba,
que
ella y el campo hiciéronme poeta!
Cantaba
el equilibrio
de
aquel alma serena
como
los anchos cielos,
como
los campos de mi amada tierra;
y
cantaba también aquellos campos,
los
de las pardas, onduladas cuestas,
los
de los mares de enceradas mieses,
los
de las mudas perspectivas serias,
los
de las castas soledades hondas,
los
de las grises lontananzas muertas...
El
alma se empapaba
en
la solemne clásica grandeza
que
llenaba los ámbitos abiertos
del
cielo y de la tierra.
¡Qué
placido el ambiente,
qué
tranquilo el paisaje, qué serena
la
atmósfera azulada se extendía
por
sobre el haz de la llanura inmensa!
La
brisa de la tarde
meneaba,
amorosa, la alameda,
los
zarzales floridos del cercado,
los
guindos de la vega,
las
mieses de la hoja,
la
copa verde de la encina vieja...
¡Monorrítmica
música del llano,
qué
grato tu sonar, qué dulce era!
La
gaita del pastor en la colina
lloraba
las tonadas de la tierra,
cargadas
de dulzuras,
cargadas
de monótonas tristezas,
y
dentro del sentido
caían
las cadencias
como
doradas gotas
de
dulce miel que del panal fluyeran.
La
vida era solemne;
puro
y sereno el pensamiento era;
sosegado
el sentir, como las brisas;
mudo
y fuerte el amor, mansas las penas,
austeros
los placeres,
raigadas
las creencias,
sabroso
el pan, reparador el sueño,
fácil
el bien y pura la conciencia.
¡Qué
deseos el alma
tenía
de ser buena,
y cómo
se llenaba de ternura
cuando
Dios le decía que lo era!
II
Pero
bien se conoce
que
ya no vive ella;
el
corazón, la vida de la casa
que
alegraba el trajín de las tareas,
la
mano bienhechora
que
con las sales de enseñanzas buenas
amasó
tanto pan para los pobres
que
regaban, sudando, nuestra hacienda.
¡La
vida en la alquería
se
tiñó para siempre de tristeza!
Ya
no alegran los mozos la besana
con
las dulces tonadas de la tierra
que
al paso perezoso de las yuntas
ajustaban
sus lánguidas cadencias.
Mudos
de casa salen,
mudos
pasan el día en sus faenas,
tristes
y mudos vuelven
y
sin decirse una palabra cenan;
que
está el aire de casa
cargado
de tristeza,
y
palabras y ruidos importunan
la
rumia sosegada de las penas.
Y
rezamos, reunidos, el Rosario.
sin
decirnos por quién..., pero es por ella.
Que
aunque ya no su voz a orar nos llama,
su
recuerdo querido nos congrega,
y
nos pone el Rosario entre los dedos
y
las santas plegarias en la lengua.
¡Qué
días y qué noches!
¡Con
cuánta lentitud las horas ruedan
por
encima del alma que está sola
llorando
en las tinieblas!
Las
sales de mis lágrimas amargan
el
pan que me alimenta;
me
cansa el movimiento,
me
pesan las faenas,
la
casa me entristece
y
he perdido el cariño de la hacienda.
¡Qué
me importan los bienes
si
he perdido mi dulce compañera!
¡Qué
compasión me tienen mis criados
que
ayer me vieron con el alma llena
de
alegrías sin fin que rebosaban
y
suyas también eran!
Hasta
el hosco pastor de mis ganados,
que
ha medido la hondura de mi pena,
si
llego a su majada
baja
los ojos y ni hablar quisiera;
y
dice al despedirme: «Ánimo, amo;
«haiga»
mucho valor y «haiga pacencia...»
Y
le tiembla la voz cuando lo dice,
y
se enjuga una lágrima sincera,
que
en la manga de la áspera zamarra
temblando
se le queda...
¡Me
ahogan estas cosas,
me
matan de dolor estas escenas!
¡Que
me anime, pretende, y él no sabe
que
de su choza en la techumbre negra
le
he visto yo escondida
la
dulce gaita aquella
que
cargaba el sentido de dulzura
y
llenaba los aires de cadencias!...
¿Por
qué ya no la toca?
¿Por
qué los campos su tañer no alegra?
Y
el atrevido vaquerillo sano,
que
amaba a una mozuela
de
aquellas que trajinan en la casa,
¿por
qué no ha vuelto a verla?
¿Por
qué no canta en los tranquilos valles?
¿Por
qué no silba con la misma fuerza?
¿Por
qué no quiere restallar la honda?
¿Por
qué esta muda la habladora lengua,
que
al amo le contaba sus sentires
cuando
el amo le daba su licencia?
«¡El
ama era una santa!...»,
me
dicen todos, cuando me hablan de ella.
«¡Santa,
santa!», me ha dicho
el
viejo señor cura de la aldea,
aquel
que le pedía
las
limosnas secretas
que
de tantos hogares ahuyentaban
las
hambres y los fríos y las penas.
¡Por
eso los mendigos
que
llegan a mi puerta
llorando
se descubren
y
un padrenuestro por el «ama» rezan!
El
velo del dolor me ha oscurecido
la
luz de la belleza.
Ya
no saben hundirse mis pupilas
en
la visión serena
de
los espacios hondos,
puros
y azules, de extensión inmensa.
Ya
no sé traducir la poesía,
ni
del alma en la médula me entra
la
inmensa melodía del silencio,
que
en la llanura quieta
parece
que descansa,
parece
que se acuesta.
Será
puro el ambiente, como antes,
y
la atmósfera azul será serena,
y
la brisa amorosa
moverá
con sus alas la alameda,
los
zarzales floridos,
los
guindos de la vega,
las
mieses de la hoja,
la
copa verde de la encina vieja...
Y
mugirán los tristes becerrillos,
lamentando
el destete, en la pradera,
y
la de alegres recentales dulces
tropa
gentil escalará la cuesta
balando
plañideros
al
pie de las dulcísimas ovejas;
y
cantará en el monte la abubilla,
y
en los aires la alondra mañanera
seguirá
derritiéndose en gorjeos,
musical
filigrana de su lengua...
Y
la vida solemne de los mundos
seguirá
su carrera
monótona,
inmutable,
magnífica,
serena...
Mas
¿qué me importa todo,
si
el vivir de los mundos no me alegra,
ni
el ambiente me baña en bienestares,
ni
las brisas a música me suenan,
ni
el cantar de los pájaros del monte
estimula
mi lengua,
ni
me mueve a ambición la perspectiva
de
la abundante próxima cosecha,
ni
el vigor de mis bueyes me envanece,
ni
el paso del caballo me recrea,
ni
me embriaga el olor de las majadas,
ni
con vértigos dulces me deleitan
el
perfume del heno que madura
y
el perfume del trigo que se encera?
Resbala
sobre mí sin agitarme
la
dulce poesía en que se impregnan
la
llanura sin fin, toda quietudes,
y
el magnífico cielo, todo estrellas,
y
ya mover no pueden
mi
alma de poeta,
ni
las de mayo auroras nacarinas
con
húmedos vapores en las vegas,
con
cánticos de alondra y con efluvios
de
rociadas frescas,
ni
éstos de otoño atardeceres dulces
de
manso resbalar, pura tristeza
de
la luz que se muere
y
el paisaje borroso que se queja...
ni
las noches románticas de julio,
magníficas,
espléndidas,
cargadas
de silencios rumorosos
y
de sanos perfumes de las eras;
noches
para el amor, para la rumia
de
las grandes ideas,
que
a la cumbre al llegar de las alturas
se
hermanan y se besan...
¡Cómo
tendré yo el alma,
que
resbala sobre ella
la
dulce poesía de mis campos
como
el agua resbala por la piedra!
Vuestra
paz era imagen de mi vida,
¡Oh
campos de mi tierra!
Pero
la vida se me puso triste
y
su imagen de ahora ya no es ésa:
en
mi casa, es el frío de mi alcoba,
es
el llanto vertido en sus tinieblas;
en
el campo, es el árido camino
del
barbecho sin fin que amarillea.
Pero
yo ya sé hablar como mi madre
y
digo como ella
cuando
la vida se le puso triste:
«¡Dios
lo ha querido así! ¡Bendito sea!»
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- "Fascinación"
- interpretada por
- Fausto Papetti

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